“LASTIMA” ES UNA PALABRA MUY FEA

Mi primer día entero en Nicaragua. La noche había sido de pesadilla. Hacia el final de noviembre, mi hotel, un lugar encantador en cualquier otra temporada, se transformó en una especie de refugio militar cuando las bombas comenzaron a estallar por la madrugada. Algo asustada, caminé hacia mi maleta dando traspiés, me vestí y dirigí a la recepción, preocupada por aquel implacable martillar.
“Tranquila,” dijo la recepcionista con cansancio, logrando sonreír. Es el mes antes de las navidades. Es el mes de la Purísima, quien pronto daría luz al niño Jesús. Y los festejos duran varios días. “Me estás cargando,” pensé. “Sí, señora, así se festeja en toda América Central este mes,” agregó.

Por eso, cuando entré al Café de las Sonrisas unas horas después, estaba algo atontada, irritada y resignada a soportar otras tres noches de estas payasadas. Una muchacha bonita se me acercó, sonrío amablemente y colocó el menú sobre la mesa. Le di las gracias pero no me contestó. Estaba demasiada cansada y sus malos modales me importaron un bledo. Le eché un vistazo al menú, encontré el café y dirigí una mirada somnolienta a mis alrededores. El café era del tamaño de un pequeño almacén. Mitad restaurante y mitad jardín tropical, tenía un cuarto adjunto repleto de hamacas en fase de construcción. Dedos ágiles y elegantes tejían en medio de un silencio monástico. Un hombre mayor sentado a unas mesas de distancia volteaba las páginas de su guía turística, haciéndolas crujir. En la distancia, comencé a oír al pueblo despertar lentamente. Entonces caí en la cuenta de lo que sucedía. La pared detrás de mi estaba cubierta de ilustraciones en lenguaje de señas. Nadie decía nada en aquel café porque todos los empleados eran sordos.

Tio Antonio y El Cafe de las Sonrisas

Tio Antonio con hijos y nietos y yo

Dos horas después, con altos niveles de adrenalina luego de mi tercera taza de café y otro cigarrillo, me encuentro conversando con el tío Antonio. Se dice que los hombres son incapaces de hacer varias cosas a la vez. Quizá esto es cierto de algunos hombres. Si algún diccionario tuviese un espacio en blanco donde ilustrar el concepto de la multitarea, pondría una foto de Antonio allí. También es una máquina de ideas, el dueño de dos establecimientos que ofrecen trabajo a nicaragüenses con discapacidades.

En una vida anterior, había viajado a Nueva York desde España, su país natal, para renovar su colección de zapatos de lujo, ido a todos los conciertos de Bruce Springsteen en su mitad del mundo y sido el dueño de un restaurante muy exitoso. Debe de haber impuesto una disciplina castrense en estos últimos. La forma en que maneja sus asuntos en Nicaragua sugiere que es un hombre que supervisa sus negocios de forma constante. Luego, vendió su restaurante y viajó a Costa Rica con el plan de jubilarse con un habano en la boca y un roncito en la mano. Pero entonces, su agente inmobiliario le dio una pistola. “Algo para tener a mano, por las dudas.”

Dijo “no, gracias,” hiso sus maletas y se fue a Nicaragua, donde literalmente encontró una vida radicalmente distinta. Diez años después, ha adoptado 8 niños y es el dueño de dos negocios que emplean a personas con discapacidades casi exclusivamente. No necesita una maldita pistola. Tiene toda la pólvora que necesita y enciende llamas a su alrededor. Llamas de amor.

Sucede que si naciste en Nicaragua en la pobreza y tienes una discapacidad, si eres sordo o ciego o si naciste con un brazo de más o de menos, estás jodido. Tu madre será rechazada por la sociedad. No existen escuelas para personas con semejantes maldiciones y siempre dependerás de tu madre, quien también sufre la maldición de dios misericordioso, habiendo parido un ser imperfecto, porque nunca encontrarás empleo. Es entonces que descubres el proyecto de Antonio. Comienzas lavando platos o tejiendo hamacas…o limpiando pisos. Recibes un sueldo. Te compras una bicicleta. Sales a pasear en ella y sientes las brisas sobre tu hermosa cara, bañada por el sol. Puedes comprarle un ramo de flores a tu mamá. Descubres que eres una persona capaz, quizá más capaz que el resto de nosotros en algunos sentidos. Esto es lo que el tío Antonio ofrece a la gente.

Se trata de algo más que ayudar a individuos. Este hombre quiere cambiar nuestra forma de pensar. Quiere que tú, sí, tú, dejes de sentir lástima por un hombre que porta un bastón, un niño en una silla de ruedas o un perro con un ojo de vidrio. Así es, la lástima es una palabra muy fea en el mundo de Antonio. Por eso, cuando le pregunto por qué no utiliza la idea de su proyecto para expandir sus negocios, se ríe y sencillamente responde: “Porque la gente quiere dignidad, no lástima.”

Para encargar una hamaca, visitar el café u obtener más información sobre Tío Antonio y su Café de las Sonrisas, visite TioAntonio.org.

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